Esta noche he estado leyendo. Leía todas las conversaciones que hemos tenido. Todas las que tengo grabadas. Retrocedía hasta el principio: nuestro principio.
No he podido evitar ir rememorando cada uno de los momentos que hemos pasado, y que se refleja en esas frases. Leía una y otra vez algunas de las cosas que nos hemos dicho mútuamente.
Llegué a sonreír de nuevo, y no pude evitar llorar otra vez.
Es asombroso la infinidad de ocasiones en las que únicamente encuentro consuelo leyendo eso. Fijándome en los tiempos mejores, pero en que también siempre ha habido tiempos peores.
Cuando me siento vacía y sin ganas de realizar esfuerzo alguno, recurro a ellas. Las palabras: siempre quedan, siempre están.
Debo decir, no obstante, que el sentimiento de calma y serenidad que me produce la lectura es solo una mera ilusión, algo fugaz y efímero.
No puedo evitar pensar en que, a pesar de cualquier conexión que sienta por ti, cualquier pasado fue mejor, como suele decirse.
No puedo evitar pensar en que debo dejar paso al futuro; un futuro que sea mejor.
No puedo evitar pensar en que lo mejor para algunas personas es que desaparezca de su camino.
No puedo evitar pensar en que en ocasiones debes dejar marchar a las personas que más quieres para que puedan encontrarse a sí mismas.
No puedo evitar pensar en que no soy lo suficiente, que no estaré a la altura, que no te puedo aportar tanto como la persona adecuada.
No puedo evitar pensar. Ya sabes que no puedo evitarlo.
Pero hay algo que pensé después, al acabar de leer . . .
Al fin y al cabo, ¿qué es ser la persona adecuada?
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